miércoles, 23 de junio de 2010

NOmbre

Mi mente estaba fija en su inicial. Más que cariño era un profundo amor. No por su persona, sino por su nombre. El sonido de éste al ser emitido por mis cuerdas vocales traía a mi mente un delicado sentimiento de alegría y felicidad. Seguido por coraje, valor y pasión. Con sólo pronunciar esa palabra me sentía en las nubes, siendo abanicado por el mismísimo Zeus.

El problema vino cuando ella me dijo que se iba a cambiar el nombre. Que lo encontraba muy "de abuelita". Fue ahí cuando mi cólera aumentó a niveles nunca antes vistos. No me quedó otra que encerrarla hasta que se arrepintiese de sus intenciones.

No podía comprender como a ella no le causaba la misma sensación que a mi cada vez que la llamaban. Me dediqué a cuestionarla por días completos a causa de su precario estado mental que no apreciaba los tonos y sabores de su acaramelado apodo. Como mis papilas gustativas se erizaban, mis oídos se recogían y mi piel recibía un pequeño shock eléctrico (sinapsis, pensaba yo.). Terminó dandose por vencida y resignándose a su antiguo deseo de cambiar lo que su madre (gracias a Dios) le había dado con tanto cariño.

Terminamos casándonos y teniendo una bella niña. Le pusimos María por mi madre.

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